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martes, 17 de enero de 2012

La Leyenda del Coliseo

Mientras siga en pie el Coliseo, seguirá en pie Roma", decía allá por el siglo VIII el monje inglés Beda el Venerable. Sus palabras atravesaron más de mil años: el Anfiteatro Flavio, más conocido como el Coliseo, sigue siendo aún hoy el gran símbolo de la ciudad de Roma, después de haber sobrevivido al tiempo, a los terremotos, a los saqueos y hasta a los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

Al entrar, es difícil no sentirse Russell Crowe en la película Gladiador, rodeado de una multitud que vocifera mientras los luchadores afilan sus armas y los cristianos y las bestias esperan la muerte. Recorriendo estas ruinas inmensas -el Coliseo fue el mayor anfiteatro de la Antigua Roma-, uno cree sentir los gritos de euforia y los abucheos, la sangre de los prisioneros y la fastuosidad del imperio.

En la plaza del Campidoglio aparece la primera imagen, con un balcón que asoma sobre los Foros Imperiales y desde donde se pueden divisar el Circo Máximo, el Foro Romano y el de Trajano, los Templos de Saturno y la Concordia, postal de un pasado glorioso. Finalmente, la vista alcanza, entre los cerros Palatino, Celio y Esquilino, al Coliseo, con sus más de 50 metros de altura y el óvalo de casi 200 por 160 metros de diámetro, un coloso que, aun en ruinas, impresiona por su elegancia.

La línea B del Metro de Roma llega a la estación Colosseo y ahí nomás un verdadero tumulto abordará al viajero. Se trata de la corte que rodea al Coliseo. Gitanas que leen la suerte, mendigos, vendedores de souvenirs y baratijas, buscavidas disfrazados de gladiadores que piden monedas por aparecer en las fotos (algunos se pasan de vivos y cobran hasta 10 euros). En fin, una enorme confusión de gente, además de decenas de chicos y grandes que se ofrecen para hacer de guía.

El último obstáculo: la tremenda cola para entrar, que en temporada alta puede ser colosal (la entrada de 9 euros sirve también para el Palatino, así que una buena treta es ir primero allí y luego entrar al Coliseo por el ingreso especial, sin cola, de los que ya traen el billete).

Finalmente, ahora sí, un camino de piedras -el mismo por el que pasaban los carruajes hace casi 2 mil años- lleva al acceso principal y aparece el Coliseo en todo su esplendor, con sus hermosas columnas, dóricas en el primer piso, jónicas en el segundo y corintias en el tercero, los 80 arcos de las galerías y los restos de los inmensos muros, que fueron hechos de mármol travertino. Hay tres niveles de graderías superpuestas, cada uno era reservado para diferentes clases sociales, más un cuarto piso de madera para espectadores de pie.



Gladiadores y leones



Mandado a construir por el emperador Vespasiano en el año 72 dC., el Coliseo fue inaugurado por Tito en el 80. Allí se celebraban combates a muerte de gladiadores y animales salvajes, carreras de carros, ejecuciones de condenados, todos programas sangrientos que eran presenciados por más de 50.000 almas enardecidas. La entrada era gratis, los espectáculos comenzaban al amanecer y a veces se extendían hasta la noche. Con Constantino en el poder y el cristianismo como religión oficial, las luchas a muerte comenzaron a amainar, hasta que finalmente, en el 523, fueron prohibidas.

Luego el Coliseo quedó abandonado, como tantos otros monumentos de los tiempos del imperio, y sus piedras y estatuas saqueadas para construir otros edificios. También arrancaron el hermoso travertino que lo recubría. Hacia el 1700, fue consagrado iglesia pública en memoria de los mártires cristianos que allí murieron y recién en el siglo siguiente se realizaron varias obras de consolidación y mejoras sin las cuales probablemente no habría sobrevivido.

Un punto impactante del recorrido es una plataforma desde la que se ve parte de la arena y un semicírculo descubierto que muestra los pasadizos, mazmorras y jaulas para condenados y animales que había debajo del ruedo. Un horror del pasado que tiene su contrapartida en nuestros tiempos con un espectáculo que pone la piel de gallina: algunas noches, y en fechas significativas, el Coliseo se ilumina totalmente con una luz dorada para pedir por la abolición de la pena de muerte en el mundo.